Finalmente me senté a ver el espectáculo. No porque me llamara la atención, no porque fuera algo que estuviera esperando, sino porque todo el mundo hablaba de ello y, como siempre, prefiero opinar después de mirar, no antes.
El Super Bowl es más que fútbol. Es poder cultural, narrativa global y validación simbólica. Y este año, ese escenario fue ocupado por Bad Bunny, acompañado por Lady Gaga y Ricky Martin. Cantó mayormente en español, sin traducciones, sin adaptaciones, sin pedir permiso.

El performance no fue casual. Estuvo cargado de símbolos culturales, referencias caribeñas y una narrativa clara de identidad. No fue un show pensado para agradar a todos, sino para decir algo. Y eso se notó desde el inicio. El problema es que, por momentos, el concepto pesó más que la ejecución. Hubo tramos donde la energía se diluyó y donde el mensaje parecía imponerse por encima del espectáculo, algo delicado en un escenario que exige ritmo, impacto y conexión constante.
Reconocer el logro no significa sentirse representada. En lo personal, Bad Bunny no me representa. No musicalmente, no líricamente y tampoco desde el mensaje que suele acompañar su obra. Y decirlo no debería ser polémico. Hay una confusión peligrosa entre orgullo cultural y aceptación absoluta. No todo lo que logra visibilidad representa a todos. Su música conecta con millones, sí, pero también normaliza discursos, estéticas y valores que no todos compartimos ni queremos elevar como símbolo colectivo.
La incomodidad que generó el show fue evidente. Las críticas llegaron rápido: que si no se entendía, que si no representaba al público tradicional, que si no era el espectáculo adecuado. Curiosamente, ese tipo de argumentos aparecen casi siempre cuando lo diferente ocupa demasiado espacio. Tal vez el problema no fue el idioma ni el artista. Tal vez fue el espejo.
En medio de todo esto, la presencia de Lady Gaga fue uno de los puntos más comentados. Su participación sonó en muchos momentos arrítmica, forzada, incluso incómoda para quien tiene oído musical. No fue una ejecución limpia ni orgánica. Sin embargo, sería injusto no reconocer el intento. Ella no viene de esos ritmos, no le pertenecen de forma natural, y aun así se lanzó. Se notó el esfuerzo por adaptarse, por respetar el género y por no convertirlo en caricatura. No siempre salió bien, pero el intento estuvo ahí, y eso también cuenta en un escenario donde muchos prefieren no arriesgarse.
Con Ricky Martin el contraste fue claro. Ricky no necesita demostrar nada. Tiene oficio, dominio escénico y una conexión natural con el público. Su aparición fue breve, sólida y elegante. No vino a experimentar ni a improvisar, vino a cumplir. Y lo hizo como solo alguien con trayectoria real sabe hacerlo.

Hay algo, sin embargo, que sí merece ser destacado sin reservas: la salsa.
La salsa fue, para mí, lo mejor del espectáculo. Verla representada, visible y viva en un escenario como el Super Bowl es algo que sí merece reconocimiento. La salsa no es una moda ni una tendencia pasajera. Es historia, raíz, identidad y resistencia cultural.
Amo la salsa. Y lo digo desde la experiencia, no desde la nostalgia. Llevo años contribuyendo, de una manera u otra, a un movimiento en Miami que ha apostado por mantenerla viva, por producir espacios y festivales donde este género tenga el respeto que merece. He visto de cerca el trabajo, la constancia y la visión detrás de proyectos como el festival de salsa producido por Gio, y sé lo difícil que es sostener un género cuando la industria empuja siempre hacia lo inmediato y lo desechable.
Por eso, ver cómo la salsa renace de las cenizas, cómo vuelve a ocupar espacio y cómo se le da visibilidad ante millones de personas, es grande. No por nostalgia, sino por justicia cultural. Si algo dejó claro este show es que la salsa no murió. Estaba esperando escenario.
Bad Bunny abrió una puerta importante. Eso no se discute. Pero abrir una puerta no te convierte automáticamente en referente cultural absoluto. Su música no me representa y su mensaje no conecta conmigo, pero negar el peso simbólico de lo que ocurrió sería intelectualmente deshonesto.
No fue un show para gustar. Fue un show para incomodar, provocar conversación y marcar territorio.
Y quizá por eso todavía se sigue hablando de él.