Vengo de Cuba.
De una tierra donde tener un poco más siempre fue motivo de juicio, no de admiración.
Donde soñar en grande era sinónimo de “creerse superior”, y la humildad se confundía con conformismo.
Yo era “la rusa”, la diferente.
La que vestía distinto, pensaba distinto, y hablaba de cosas que no se suponía que una mujer hablara: metas, negocios, libertad.
Y por eso aprendí a callar.
A esconder lo que tenía, lo que pensaba, lo que quería.
Pasé años bajando el brillo para no incomodar.
Incluso cuando empecé a tener éxito, seguía pidiendo permiso para brillar.
Recuerdo una vez, en mi antiguo trabajo, mi jefe me dijo que a veces “parecía presumida”.
Lo miré, sonreí, y agaché la cabeza.
No sabía cómo explicarle que lo que él llamaba presunción, para mí era simplemente no tener miedo de ser diferente.
Era mi forma de sobrevivir a un sistema que te castiga si destacas demasiado.
Hoy ya no agacho la cabeza.
Hoy me reconcilio con mi historia.
Con mi acento, con mis raíces, con mis ganas de vivir bien y de disfrutar lo que tengo sin culpa.
Porque entendí que no hay nada de malo en querer la buena vida, malo es creer que no la mereces.
Me cansé de fingir que el dinero no importa, cuando sí importa.
No porque me defina, sino porque me da libertad.
Libertad para crear, para ayudar, para elegir, para respirar sin miedo.
El dinero no me cambió.
Me devolvió a mí.
A esa niña que soñaba con una vida donde no tuviera que justificar su abundancia.
Y si alguien me vuelve a llamar presumida, que lo haga.
Prefiero ser una mujer libre, trabajadora y agradecida,
que una que sigue escondiendo su luz para no molestar.
LDM